La Botella


1945

Octavio Arredondo sentía el frío y la humedad del calabozo.  Sus manos temblorosas se aferraban a una muñeca de trapo. Fuerte. Bien fuerte. Se encontraba hecho un ovillo contra un rincón mugriento. Tenía miedo. Cientos de insectos poblaban el lugar y avanzaban sobre su cuerpo como un ejército: cucarachas y arañas llevaban fusiles en mano, prontas para atacarlo.

Octavio Arredondo pegó un grito inhumano y perdió la conciencia.

-Otra vez ese borracho de mierda-dijo el sargento. -Menos mal que hoy se lo llevan al loquero. El hombre miró hacia el calabozo y vio al preso tirado en el suelo. Un hilo de espuma le colgaba de los labios. Tenía la mirada extraviada.

Octavio Arredondo sintió un escalofrío. Abrazó la muñeca con fuerza y cerró sus ojos vacíos. No alcanzaba a entender lo que había pasado.

Aquella tarde llovía con fuerza. Las calles estaban anegadas y la niñera no había ido a trabajar. Antonia, su mujer, no había tenido más remedio que encargarle al niño.

-Por favor, Octavio. No te olvides de calentarle la leche. -le suplicó con la voz llorosa.-La dejo junto a la estufa.

Antonia se fue angustiada. Si ese día faltaba al trabajo, la iban a despedir. Así se lo había advertido el encargado. Besó a su hijo que dormía plácidamente y echó llave a la puerta. Diluviaba.

Octavio se sentó a esperar que la criatura despertase. Sus ojos se desviaban irremediablemente hacia la botella.

Su paladar ansiaba sentir el líquido ámbar deslizándose por su garganta seca.

“Uno solo”, pensó, “sólo un trago y me calmo”. Se acercó furtivamente a la botella y se sirvió un vaso. No mucho. Apenas para apagar la sed que lo quemaba.

Al cabo de un rato, el niño comenzó a llorar. Octavio lo escuchaba desde la nebulosa que era su cabeza. Se había servido varios tragos. No recordaba cuántos. “La leche” “Debes calentar la leche”, oía una voz lejana en su interior repitiéndolo una y otra vez.

Los llantos fueron incrementándose, hasta volverlo loco. La criatura tenía hambre.

Se levantó con dificultad y caminó hacia la botella. Tenía que calentarla.

Las manos le temblaban, pero no derramó ni siquiera una gota.

Sacó la muñeca de trapo que le estorbaba y le dio la leche al pequeño. Lo acostó en la cuna y no se escucharon más llantos.

Octavio Arredondo se recostó nuevamente en la silla y esperó a que su mujer llegara.

Ya había oscurecido cuando Antonia regresó. La casa estaba silenciosa y oscura.

Llena de temor abrió la puerta y encendió una vela.

Su marido dormía profundamente. Se acercó a la cuna y vio que la criatura también dormía.

Un alivio profundo recorrió su pecho. Hasta sintió ganas de llorar.

Caminando sin hacer ruido, encendió las velas restantes.

Hacía frío. Se acercó a la mesa y recogió las botellas vacías. Con resignación tiró una a la basura. Cuando lo hizo, un grito desgarrador salió de sus entrañas. En la basura había un bulto. Corrió desesperada hacia la cuna y quitó la manta; sobre ella descansaba plácidamente la muñeca de trapo.

Camucha Escobar