El Rosedal


Pergamino, Buenos Aires, 1961

Conocí a Aurora por asuntos de trabajo. Aquel año iban a premiar el mejor jardín de la ciudad y tuve que realizar la nota. Tengo que reconocer que no sólo me impresionaron las flores sino también la belleza de su dueña. Aurora se distinguía por su elegancia: llevaba el largo cabello rubio recogido en un rodete, sus labios finos estaban pintados de rojo y vestía una sencilla prenda de seda negra que se ajustaba a su silueta a la perfección. Según comentaban los vecinos, hacía años que la mujer vestía de ese color. Un halo de tristeza empañaba su mirada y contrastaba con el alegre jardín poblado de rosas. Porque en ese jardín sólo había rosas. Rosas de todos los colores: rosado oscuro, rosado ligero, blancas, borgoñas, amarillas, y me llamó la atención un grupo cuya variedad desconocía: pequeñas, de pétalos aterciopelados, de tallo blancuzco y de un azul brillante.

Dicen los vecinos que cada vez que le preguntaban por la fórmula de esas rosas, Aurora simplemente esbozaba una sonrisa

Te ocupabas gran parte del día en tu arreglo personal. Una doncella te cepillaba los cabellos hasta dejarlos brillantes, mientras otra te aplicaba lociones para que tu piel tuviera ese olor a vainilla y coco que a tu marido lo enloquecía ¿Para qué? Si tu corazón fértil, cargado de llamas, se hundía en el vacío del desamor. Tu marido no te amaba. Lo sabías. Simplemente te exhibía como un trofeo: – “Quiero que seas la más hermosa, que todos te deseen”, te decía mientras sus palabras apuñalaban tu alma. Sufrías.

Desempeñabas el papel de la esposa perfecta. Todos los días, todas las noches. Sin embargo, una sombra siniestra con ojos de muerte comenzó a amenazar tu matrimonio: apenas quedabas embarazada, perdías a tus niños.

La primera vez que se enteró él te despreció, por eso le ocultaste las otras.

Esa noche cuando empezaron los calambres tomaste la decisión más difícil de tu vida. Te dirigiste al jardín como un espectro. Te sofocabas. El calor era excesivo, pero también lo era el frío que congelaba tu entraña vacía. Te arrodillaste y tus manos como garras comenzaron a hundirse en la tierra. Cavaban. Sentiste un dolor infinito Te detuviste un momento y bebiste el silencio de la noche. Apenas si podías respirar. Perdiste la noción del tiempo. Un vahído te produjo un desmayo y, cuando despertaste, la tierra se había humedecido con tu llanto y agobiada por esa sensación de muerte, enterraste a tu pequeño, como seguirías haciéndolo con los que vendrían.

La vida te recompensó y nacieron los pimpollos azules, hermosos y fuertes como hubieran sido tus niños.

Esa tarde de abril se respiraba el aroma del otoño. Las rosas estaban en flor. Sonreías mientras cuidabas de tus pimpollos, pero él la descubrió: una arruga en la comisura de tu boca. Y te repudió.

-¡Sos una vieja! ¡Una vieja arrugada y seca!,-se burló con una risa de hiena. Y sus palabras te sumieron en la negrura. Sabías que llevabas la muerte en tu vientre. Lloraste hasta que se te secaron tus ojos y tu jardín no volvió a exhibir rosas nuevas.

Aquel día, como guiada por una mano invisible, revisaste su camisa. Jamás lo habías hecho. Era tu primera vez. Y allí estaba. En el bolsillo. La carta. Aquella carta perfumada que nunca quisiste leer. La verdad te atravesó como un puñal y comprendiste todo: las largas ausencias, el lecho helado, los silencios hirientes y, sin embargo, callaste. ¡Estabas tan sola!

Ese año el jardín de Aurora obtuvo el primer premio. Había conseguido un ejemplar nunca visto en esa zona y, creo que en ninguna parte: una rosa negra cuyo tallo era de un rojo sangre. Aurora estaba feliz. Por primera vez en mucho tiempo sonreía. Cuando estuvo sola, buscó todas sus prendas negras y las quemó junto con las fotos de su marido.

El jardín de Aurora fue uno de los sucesos más comentados del momento, como así también la desaparición de su esposo. Parece que el hombre se fugó con una amante. A pesar de la investigación minuciosa, jamás se supo su paradero.

Camucha Escobar

Cuento con Audio

Voz: Juan Carlos Caruso / Grabación: Mirage Estudio / Fotografía: María Faux / Tema musical: Michael Giacchino.