Cuentos


Autorretrato

1973

Su corazón latía desenfrenadamente. Los aplausos lo habían aturdido y una sensación de orgullo, por primera vez experimentada, amenazaba con paralizarle.

Los críticos más exigentes habían visitado la galería y habían elogiado su muestra. El asombro se pintaba en el rostro de los visitantes cuando observaban sus cuadros.

Beatrice

1949

Cuento con Audio

Non rien de rien / Non je ne regrette rien / Ni le bien qu´ on m’ a fait / Ni le mal tout c’ a m’ est bien égal / La música de Edith Piaff inundaba la triste habitación. Beatrice se desperezó como un gato sobre las sábanas cubiertas de grasa y migas y restregó sus ojos para habituarlos a la luz del día. Esbozó una sonrisa de satisfacción que acentuó los hoyuelos de sus mejillas regordetas. El sexo había sido bueno, pero la comida mucho mejor.

Carbones Ardientes

Estancia La Cautiva, junio de 1730

Jamás se borró de mi mente el recuerdo de mi nana. Era una negra grande, alta, de aspecto tenebroso y de pocas palabras.  Sus facciones duras y su piel morena y curtida, delataban su ascendencia extranjera. Sus ojos negros como dos carbones ardientes penetraban hasta el fondo del alma.

El Rosedal

Pergamino, Buenos Aires, 1961

Cuento con Audio

Conocí a Aurora por asuntos de trabajo. Aquel año iban a premiar el mejor jardín de la ciudad y tuve que realizar la nota. Tengo que reconocer que no sólo me impresionaron las flores sino también la belleza de su dueña. Aurora se distinguía por su elegancia: llevaba el largo cabello rubio recogido en un rodete.

Esa tarde de verano

Estancia La firmeza 1760

Cuento con Audio

Todavía el recuerdo de esa tarde de verano me ronda. El calor sofocante envolvía su cuerpo delgado y su piel pálida estaba húmeda y pegajosa. Llevaba el cabello negro y sedoso peinado en una larga trenza. Era muy joven y hermosa. Sus ojos grises estaban enmarcados por unas cejas negras y pobladas.

La Enfermera

Cuento con Audio

Madre estaba sentada junto al fuego. Su cuerpo débil y enjuto estaba consumido por la enfermedad que padecía desde que me acuerdo. Sus cabellos pegajosos se les adherían a las sienes dándole un aspecto de molusco. ¡Qué asco!

-Hacéme un té y alcanzáme la manta gruesa que me estoy helando- fueron sus órdenes, apenas se despertó de su duermevela.

La Botella

Octavio Arredondo sentía el frío y la humedad del calabozo.  Sus manos temblorosas se aferraban a una muñeca de trapo. Fuerte. Bien fuerte. Se encontraba hecho un ovillo contra un rincón mugriento. Tenía miedo. Cientos de insectos poblaban el lugar y avanzaban sobre su cuerpo como un ejército: cucarachas y arañas llevaban fusiles en mano, prontas para atacarlo.