Carbones Ardientes


Estancia La Cautiva

Junio 1730

Jamás se borró de mi mente el recuerdo de mi nana. Era una negra grande, alta, de aspecto tenebroso y de pocas palabras.

Sus facciones duras y su piel morena y curtida delataban su ascendencia extranjera. Sus ojos negros como dos carbones ardientes penetraban hasta el fondo del alma.

Siendo muy pequeña, mi madre murió de una enfermedad que no tenía cura y afectaba el alma, se llamaba melancolía. A partir de ese momento, mi nana se volvió el centro de mi universo. La ayudaba en sus interminables quehaceres domésticos: cocinábamos para toda la estancia, su especialidad eran los pastelitos rellenos de batata. Por las tardes oreábamos la ropa blanca, que luego guardábamos en arcones con ramitos de lavanda.

Mi negra no era común, tenía un don especial: hablaba con las ánimas. Mezclaba hierbas, hacía pócimas hediondas, tónicos oscuros, murmurando siempre en una lengua atávica, palabras cuyo significado sólo ella dominaba. Se sentaba junto al fuego, se mecía suavemente, conjurando de esa forma a las ánimas que vagaban por distintos rincones, sin encontrar la paz tan ansiada.

Su fama traspasaba los confines de la estancia. Venían a verla de poblados muy remotos, cuyos nombres no figuraban en el vasto mapa.

Cuando se encontraba posesa, la observaba escondida en un rincón, abrazada a mi muñeca de trapo y con los ojos llenos de lágrimas. Había algo en sus hechizos que me daba mucho miedo y me auguraba futuras desgracias.

Y así, una cruda mañana de invierno apenas despuntaba el alba, llegó una comitiva a la hacienda en busca de la nana. La acusaban de bruja, de practicar magia negra, de molestar a los muertos y no sé que otras patrañas.

Se marchó sin pronunciar una sola palabra, con un atado de ropa en sus brazos y su porte de reina africana.

En mi casa nunca más se pronunció su nombre, era como si no hubiera existido ese ser que fue el refugio y el solaz en mí infancia. Tal vez el miedo a lo desconocido impidió invocar su recuerdo a los que vivían en la estancia.

¡Cuánto la extrañé! ¡Que vacía se sentía la casa!

Con los años su recuerdo se fue desdibujando en una neblina de olvidos y desesperanzas.

Siendo ya mayor, como toda señorita de sociedad, me dedicaba a las obras de caridad: visitaba hospitales, casas de huérfanos, asilos… En una de las tantas visitas a “La Casa de la Piedad”, vi sentada bajo una higuera una figura que me resultaba vagamente familiar.

Pregunté quién era y me respondieron que era una anciana negra, desmemoriada, que un tiempo atrás unas almas caritativas la encontraron vagando por las calles y compadeciéndose de ella, la llevaron a la institución para darle techo y comida. No recordaba su nombre ni procedencia.

La miré fijamente y como presintiendo mi mirada, levantó sus ojos: dos carbones ardientes que me penetraron el alma.

Es imposible describir la alegría que sentí al encontrar a mi nana.

La cuidé hasta sus últimos días, a veces me reconocía, otras tan solo deliraba.

Exhaló su último suspiro una cruda mañana de invierno, abandonando este mundo, pero jamás mi alma.

Camucha Escobar