Beatrice


1949

Non rien de rien

Non je ne regrette rien

Ni le bien qu´ on m’ a fait

Ni le mal tout c’ a m’ est bien égal

La música de Edith Piaff inundaba la triste habitación. Beatrice se desperezó como un gato sobre las sábanas cubiertas de grasa y migas y restregó sus ojos para habituarlos a la luz del día. Esbozó una sonrisa de satisfacción que acentuó los hoyuelos de sus mejillas regordetas. El sexo había sido bueno, pero la comida mucho mejor. “El gordo” la había sorprendido con uno de esos manjares exquisitos que preparaba cuando estaba inspirado. (Cada vez más seguido) Esa noche habían cenado boulevans de pollo con salsa de nueces y de postre, creme brulee.

Encendió un cigarrillo y dejó que las volutas dibujaran extrañas siluetas por la habitación. Siguiendo un impulso repentino, se levantó y se dirigió al vestidor. Casi con miedo, se contempló en el espejo olvidado que ocupaba el centro del recinto. ¡Tanto tiempo! La luz de su sonrisa ya no bailaba en su rostro. Las lágrimas se deslizaban como una plegaria. Tristes. Monótonas.

Los pechos otrora turgentes y suaves le colgaban sin forma sobre su vientre blanco y abultado. Sus piernas voluptuosas, sinuosas, capaz de envolver a un hombre y hacerle perder la cordura en su selva lujuriosa, ahora eran dos masas amorfas y húmedas cubiertas de pozos y estrías.

Sintió un dolor animal traicionado por su propio cuerpo. Jugó con la posibilidad de suicidarse frente a ese espejo.

Hacía mucho que lo sospechaba, pero hoy tenía la cereza absoluta. Era prisionera de las sonrisas gastadas, del interés interesado. Esa habitación era su jaula y poco a poco “el gordo” se la devoraba. ¿Cómo había ocurrido? Lentamente, bocado a bocado.

“El gordo” y ella eran amantes desde siempre. Ya no recordaba cuándo había comenzado su historia. Miró nuevamente al espejo y se vio como lo que no era, como lo que había sido: joven, hermosa, con su corte carré y sus cabellos oscuros. Las medias de seda negra se le adherían como una piel de serpiente mientras su cuerpo bailaba embriagado de sexo. Numerosos amantes desfilaron por su cama. Jóvenes, hermosos, llenos de vida. Ella los hacía perderse en la locura más loca, con sus manos, con su boca, con su lengua…

“El gordo” siempre lo había sospechado. Y se vengó en forma cruel. Comenzó a sepultarla lentamente: Preparaba sus platos exquisitos, sus dulces elaborados. La engordaba. De a poco. Hasta abortarle el placer por los hombres y privarla de la orgía perfecta de muslos, gemidos y derroches.

Se dirigió nuevamente a la habitación.

Non rien de rien

Non je ne regrette rien…

La canción le aligeró el ánimo. Decidió preparar la cena. Esa noche cocinaría para él. Haría un plato único, exquisito. Se bañó, se perfumó y se puso las ligas negras que estaban olvidadas en un triste cajón del ropero. Y así lo esperó. Feliz. Contenta.

La noticia apareció en primera plana: “Conocido empresario murió apuñalado mientras dormía.” Y más abajo se detallaba: “Había restos de comida esparcidos sobre el cuerpo”

Le permitieron llevar algunas de sus pertenencias. Eligió las bragas negras, un espejo y la radio. La música de Edith Piaff le traía buenos recuerdos.

Camucha Escobar

Cuento con Audio

Voz: Adriana Ninona / Sonido y grabación: Juan Cruz Fernandez / Fotografía: María Faux / Tema musical: Edit Piaf – Non Je ne regrette rien.