Autorretrato


1973

Su corazón latía desenfrenadamente. Los aplausos lo habían aturdido y una sensación de orgullo, por primera vez experimentada, amenazaba con paralizarle.

Los críticos más exigentes habían visitado la galería y habían elogiado su muestra. El asombro se pintaba en el rostro de los visitantes cuando observaban sus cuadros. Los alabaron por las combinaciones de colores: los tonos ocres de las figuras armonizaban con los verdes y grises de los paisajes; las pinceladas suaves, difusas, etéreas, brindaban placer a todos aquellos que se detenían a verlos.

Siempre sentí envidia de tus cuadros, de aquellos trazos que brotaban fluidamente de tus manos suaves, blandas. Esas manos que me acunaron, me acariciaron, haciéndome sentir único, importante.

Sin embargo, la obra que más gustó fue aquella que no estaba a la venta. Se llamaba “Autorretrato”.  Los colores eran fuertes, apasionados, provocadores. En ella se podía observar a una mujer de una belleza subyugante: los ojos color miel estaban surcados por unas pestañas renegridas y densas; la piel mate, lustrosa y la nariz aguileña, indicaban cierta ascendencia morisca. Los labios rojos, pulposos, invitaban a besarlos. Por más que insistieron, se negó a venderla.

No sé cuándo esa envida me fue carcomiendo, hundiéndome en un pozo de odio profundo, oscuro.

Tal vez fue cuando te pintaste y te vi como mujer, como la Eva soñada.

Y entonces deseé con locura que tus labios carnosos me besaran, y necesité sentir tu piel aceituna arder bajo la mía.

Abandonó la muestra con toda la colección vendida.

Al llegar a su casa, una sonrisa de satisfacción maduraba en su rostro. Le era imposible ocultar la alegría que sentía. No le eran familiares esos sentimientos. Acomodó el cuadro en el lugar de siempre. Se preparó un café y se sentó frente a la chimenea. Estaba nevando. El frío del exterior se colaba por las ranuras de las ventanas, por lo que decidió agregar más leños. Siguió rumiando el éxito alcanzado. Levantó la mirada y se encontró observando el cuadro. Haciendo caso de un impulso, se dirigió al desván. Si embargo, subió las escaleras lentamente, sopesando cada paso que daba. Uno, dos, uno, dos… No sé cuándo te diste cuenta; pero poco a poco te fuiste alejando, hasta convertirte en una extraña.

Cuando llegó al lugar, sintió que la ansiedad le pesaba en el pecho como una piedra. Con las manos cubiertas de sudor, giró el picaporte y contempló la escena: cientos de cuadros cubiertos de polvo se amontonaban descuidadamente. Tomó uno y lo observó con detenimiento: imágenes descarnadas, crueles y repulsivas azotaban la blancura de la tela. Su mirada se extendió hacia el resto y aquellas visiones grotescas le apuñalaron en lo más profundo. Criaturas nacidas del infierno se burlaban, amenazando con cobrar vida y robarle el alma.

Con un sentimiento de horror dejó caer el cuadro que sostenía y con una rabia descontrolada comenzó a rasgarlos, uno a uno, quedándose finalmente con los jirones de todos ellos.

Volvió a la sala y acabó su café frío.

Y entonces mi deseo enfermizo se transformó en locura y la locura impregnó mis lienzos. Y fui un monstruo que emergía de los avernos, y fui una gárgola que se retorcía entre las llamas.

Y te desprecié por haberme envilecido.

El fuego había perdido parte de su esplendor. Se había hecho tarde.

Preparó la cena y la colocó sobre una bandeja. Se dirigió al cuarto del fondo y abrió el candado.

La habitación olía a encierro, a soledad, a locura. Estaba despoblada de muebles, pero atestada de cuadros.

En el centro, frente a un bastidor de madera, se encontraba de pie una mujer.

Nada quedaba de aquella belleza morisca, el cautiverio la había marcado a fuego. Llevaba los cabellos desgreñados y cubiertos de hebras blancas, atados en una gruesa trenza; la piel palúdica le colgaba vieja y ajada.

No lo miró. Siguió ensimismada en su tarea. Aplicaba suaves pinceladas sobre una tela de lino. Los contornos delicados iban asomándose tímidamente, esbozando figuras etéreas.

Pero todo cambió después de aquel sueño y entendí que no podía perderte.

Contuvo el aliento. Examinó los cuadros con detenimiento. Apartó unos cuantos. Eran los elegidos para su próxima muestra.

-Madre, no dejes que se te enfríe la cena. -fue su consejo, antes de poner nuevamente el candado.

Y ahora me deshago sin vergüenza de aquellos que me robaron tu cariño. Conservo la esperanza loca de que un día cualquiera, pintes nuestras carnes fundidas en un lienzo.

 Camucha Escobar